Muere Margaret Hamilton, la ingeniera que salvó el alunizaje del Apollo 11

Margaret Hamilton, la científica de la computación que acuñó el término «ingeniería de software» y dirigió el desarrollo del software de vuelo a bordo del programa Apollo de la NASA, falleció el pasado 30 de septiembre a los 90 años. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde trabajó entre 1959 y mediados de los años setenta, confirmó la noticia. La causa del fallecimiento no fue divulgada.

Su código está detrás de uno de los hitos tecnológicos del siglo XX: el sistema que guio al Apollo 11 hasta la superficie lunar en 1969 y que, tres minutos antes del alunizaje, neutralizó una alarma del ordenador de a bordo que amenazaba con abortar la misión. Con ella se va una pionera de una disciplina que, cuando arrancó, ni siquiera tenía nombre.

  • Fallecimiento: murió el 30 de septiembre a los 90 años; el MIT confirmó la noticia a través de su departamento de Aeronáutica y Astronáutica.
  • Hito técnico: lideró el software de vuelo del Apollo y su arquitectura de prioridades rescató el alunizaje del Apollo 11 en 1969.
  • Reconocimiento: recibió la Medalla Presidencial de la Libertad en 2016 de manos de Barack Obama y el Exceptional Space Act Award de la NASA en 2003.
  • Legado empresarial: tras dejar el MIT fundó sus propias compañías de software y firmó más de 130 publicaciones científicas.

De la meteorología al programa Apollo

Nacida en Paoli (Indiana) en 1936, Hamilton empezó matemáticas en la Universidad de Michigan en 1955 y se graduó en 1958 en Earlham College con especialidad en matemáticas y una mención en filosofía. Ese mismo año se casó con James Cox Hamilton y en 1959 se instaló en Boston mientras su marido cursaba Derecho. Allí encontró un puesto temporal en el departamento de meteorología del MIT, donde trabajó junto al profesor Edward N. Lorenz en programas de predicción del tiempo: fue su primera puerta de entrada a la programación y su trabajo acabaría alimentando las publicaciones de Lorenz sobre la teoría del caos.

En 1961 pasó al Laboratorio Lincoln del MIT para el proyecto SAGE, el primer sistema de defensa aérea de Estados Unidos, donde escribió software para el prototipo de ordenador AN/FSQ-7 (XD-1). Fue entonces cuando comenzó a interesarse por la fiabilidad del software, un concepto nuevo y apenas explorado. En 1965, mientras preparaba su regreso a la universidad, su marido vio un anuncio: el Instrumentation Lab del MIT buscaba gente para desarrollar software capaz de «enviar a un hombre a la Luna». Se presentó y fue contratada como la primera programadora del proyecto Apollo y la primera mujer del equipo.

Trabajó primero en el software de las misiones no tripuladas y después fue promovida para liderar el software de vuelo de las misiones tripuladas. En 1968 ya era directora adjunta del equipo del módulo de mando y servicio, y más de 400 personas trabajaban en el software del programa. «No había una segunda oportunidad. Lo sabíamos. Nos tomamos nuestro trabajo en serio, muchos empezamos este viaje con poco más de 20 años», recordaba en 2009.

Una alarma tres minutos antes de pisar la Luna

Su instinto para el diseño defensivo salvó la misión más de una vez. El caso más citado es el «error de Lauren»: su hija, entonces de cuatro años, jugaba con el simulador del módulo de mando cuando activó sin querer un programa de prelanzamiento, el P01, en pleno vuelo simulado. Hamilton programó salvaguardas para que ningún astronauta pudiera repetir ese fallo en el espacio.

La prueba definitiva llegó en 1969: segundos antes del alunizaje, el ordenador de a bordo disparó una alarma por sobrecarga y el sistema llegó a intentar ceder el control a un radar. Su software, diseñado con planificación por prioridades, descartó las tareas secundarias y mantuvo las críticas, permitiendo que la misión continuara. «Rápidamente quedó claro que el software no solo estaba avisando de un problema de hardware, sino compensándolo: reiniciando y restableciendo las tareas de mayor prioridad. Los mecanismos de detección y recuperación de errores nos habían rescatado», explicó Hamilton.

«Decir que Margaret Hamilton fue una pionera —decir que estaba adelantada a su tiempo— sería un enorme eufemismo. Era ingeniera de software cuando ese campo estaba en su infancia, y no solo desarrolló código avanzado: lideró a un equipo que usó esa tecnología naciente para construir uno de los sistemas más complejos que la humanidad haya logrado», afirmó Olivier de Weck, responsable interino del Departamento de Aeronáutica y Astronáutica del MIT.

Una carrera que siguió innovando

Tras el Apollo, el Instrumentation Lab del MIT se convirtió en el Charles Stark Draper Laboratory. Hamilton no se incorporó a él y prefirió emprender: fundó sus propias empresas de software, entre ellas Higher Order Software y Hamilton Technologies, y ejerció como consejera delegada. En 2003 recibió el Exceptional Space Act Award de la NASA, un reconocimiento que, según quien la nominó, Paul Curto, llegaba tarde: «Me sorprendió descubrir que nunca había sido reconocida formalmente por su trabajo pionero», dijo entonces.

En 2016, Barack Obama le impuso la Medalla Presidencial de la Libertad con una citation que subrayaba que «definió nuevas formas de ingeniería de software y ayudó a lanzar una industria que cambiaría para siempre la historia de la humanidad». Al año siguiente fue inmortalizada como minifigura de LEGO dentro del set «Women of NASA», junto a las astronautas Mae Jemison y Sally Ride. Le sobreviven su hija, un yerno, dos nietos y cuatro bisnietos.

La lección que deja su figura es difícil de exagerar: cuando el software era una caja negra sin metodología, ella impuso conceptos como el software asíncrono, la planificación por prioridades, las pruebas de extremo a extremo y la decisión con el humano en el bucle, bases de todo sistema crítico moderno. Desde un vehículo autónomo hasta una plataforma en la nube, la arquitectura que hizo posible el alunizaje sigue corriendo bajo el capó de la tecnología contemporánea.

Fuentes y referencias