La transición energética tiene una hoja de ruta clara para su primera fase: electrificar el transporte, la calefacción y otros usos finales, y garantizar al mismo tiempo que esa electricidad proceda de fuentes renovables. Pero a medida que los grandes bloques de emisiones se reducen, empiezan a pesar otras categorías más pequeñas que antes quedaban fuera del foco. Una de ellas es la fabricación de las propias baterías que hacen posible esa electrificación. Un nuevo estudio liderado por Haiwei Zhou, de la Universidad de Melbourne, se centra precisamente en las emisiones asociadas a la producción de baterías de litio, la tecnología sobre la que se apoya buena parte del plan. Esas emisiones no son cero y, cuanto más se fabrique, más crecerá la cifra.
- El dato de partida: las emisiones ligadas a la fabricación de baterías de litio representan hoy apenas el 0,18 % de los gases de efecto invernadero que se liberan cada año.
- La tendencia: ese porcentaje podría multiplicarse por diez o más de aquí a 2050 si el ritmo de producción sigue al alza.
- Las palancas: química de los materiales, eficiencia en los procesos de fabricación y reciclaje son las tres vías señaladas para recortar esa huella.
Una porción pequeña con una trayectoria incómoda
El razonamiento del trabajo parte de una idea sencilla: las prioridades cambian según se avanza. Mientras quedan por delante sectores con enorme potencial de recorte, como la generación eléctrica o el parque automovilístico, cualquier emisión residual parece menor. Cuando esas porciones dominantes del pastel se han reducido, las categorías que antes resultaban marginales pasan a tener un peso relativo mucho mayor y merecen atención propia.
La fabricación de baterías encaja exactamente en ese perfil. El 0,18 % anual es una cifra modesta en términos absolutos, pero esconde una particularidad: es una emisión ligada a un producto cuya demanda se supone expansiva. Si la producción crece, la cifra crece con ella, y el estudio apunta a un escenario en el que ese volumen podría ser hasta diez veces superior a mediados de siglo. No se trata, por tanto, de un problema urgente por su tamaño actual, sino por la dirección en la que se mueve.
Tres frentes para recortar la huella de fabricación
El trabajo identifica varias vías para reducir las emisiones necesarias para poner una batería en el mercado, y todas ellas actúan en puntos distintos de la cadena de valor.
La elección de materiales
No todas las químicas de baterías de litio tienen el mismo coste energético en su origen. Algunos de los elementos empleados en las distintas formulaciones requieren procesos de extracción y refinado considerablemente más intensivos en energía que otros. Esa diferencia se traslada directamente al balance final: escoger una química u otra no solo afecta al rendimiento del acumulador, también a la huella que arrastra desde la mina.
Eficiencia en la producción
El proceso de fabricación de una batería encadena numerosas etapas, y cada una de ellas consume energía. El estudio señala que muchas de esas etapas podrían ejecutarse con un consumo menor, lo que abre un margen de mejora que no depende de descubrir nuevos materiales, sino de optimizar lo que ya se hace en planta.
El reciclaje como atajo
La tercera palanca es la que cierra el círculo. Reciclar permite devolver los materiales de las baterías usadas al circuito productivo con un requerimiento energético muy inferior al de la minería. Es decir, no solo reduce la dependencia de materia prima virgen, sino que evita buena parte del gasto energético asociado a obtenerla.
Qué se juega la industria
El mensaje de fondo es que la huella de las baterías no es un destino inevitable, sino el resultado de decisiones concretas: qué química se prioriza, cómo se diseñan los procesos industriales y cuánto se invierte en infraestructura de reciclaje. Cada una de esas decisiones se toma hoy, mientras el mercado todavía está en expansión, y condiciona el balance de emisiones de las próximas décadas.
Hay además un efecto de segundo orden que conviene vigilar. A medida que la electricidad que alimenta las fábricas se descarbonice, el peso relativo de las emisiones asociadas a los materiales y a los procesos térmicos ganará protagonismo dentro del propio sector. Por eso los investigadores insisten en mirar más allá del cálculo global y examinar la cadena de producción paso a paso. La transición energética no se completa electrificando el consumo: también exige que los artefactos que hacen posible esa electrificación se fabriquen de la forma menos intensiva posible en carbono.