Durante aproximadamente una década, la explicación dominante en neurociencia ha sido que los psicodélicos sumen al cerebro en el caos. Las redes cerebrales —esos patrones estables de comunicación que gestionan la visión, la atención o nuestro sentido del yo, entre otras funciones— se aflojan y comienzan a hablarse todas a la vez, mientras los registros de electroencefalografía (EEG) se vuelven más ruidosos y complejos. Un nuevo estudio publicado en Nature pone en duda ese relato y apunta a que, bajo la aparente desorganización, existe una estructura medible.
- El experimento: los investigadores reunieron a 62 personas que nunca habían consumido un psicodélico, les administraron 19 miligramos de psilocibina —el compuesto habitual en ciertos hongos— y escanearon sus cerebros.
- El análisis: mediante inteligencia artificial compararon las imágenes cerebrales de los participantes bajo el efecto y en estado sobrio. Lo que emergió no era exactamente caos.
- La motivación: el equipo consideraba que el caos no explicaba por qué alguien vive una experiencia significativa, obtiene una revelación o siente claridad mental.
- El proyecto: para buscar explicaciones alternativas diseñaron un estudio bautizado como PsiConnect.
Autopistas que se fragmentan en muchas direcciones
Para entender el punto de partida conviene recurrir a la analogía que emplea Devon Stoliker, neurocientífico de Monash University: las redes del cerebro funcionan como autopistas, y bajo el efecto de los psicodélicos esas vías se descomponen en múltiples direcciones distintas. Esa imagen ha dominado la interpretación académica durante años, pero deja abiertos interrogantes clave sobre la vivencia subjetiva del usuario.
«Piensa en las redes del cerebro como autopistas. Bajo los psicodélicos, estas autopistas se descomponen en muchas direcciones diferentes», señala Stoliker.
El propio investigador ha cuestionado que esa metáfora baste como explicación científica. En sus palabras, el caos «nunca explicó realmente por qué un individuo tendría una experiencia significativa, por qué podría tener una revelación, por qué podría experimentar claridad y por qué estas vivencias podrían traducirse en cambios psicológicos positivos».
Inteligencia artificial para leer el orden dentro del ruido
El diseño del estudio buscaba precisamente resolver esa contradicción: si el cerebro psicodélico fuera puro ruido aleatorio, resultaría difícil justificar que las sesiones se asocien de forma consistente con experiencias intensas y, en contextos clínicos, con transformaciones psicológicas duraderas. La clave metodológica estuvo en no limitarse a observar trazas más complejas, sino en aplicar modelos de IA capaces de detectar si esas direcciones múltiples siguen algún tipo de organización interna.
Los resultados obtenidos con los 62 voluntarios, todos ellos sin experiencia previa con este tipo de sustancias, apuntan en esa línea: la actividad cerebral bajo psilocibina no se comporta como un sistema puramente aleatorio. Existe una estructura subyacente que la comunidad científica apenas comienza a describir con precisión. Se trata de un matiz relevante, porque desplaza el debate desde la idea de «desorden» hacia la de una reorganización con patrones identificables.
Qué implica este cambio de marco
Reformular el efecto de los psicodélicos como una reorganización —y no como una simple ruptura— tiene consecuencias que van más allá de lo teórico. Si la actividad cerebral conserva un orden medible, se abre la puerta a estudiar con mayor rigor por qué determinadas sesiones derivan en percepciones de claridad, introspección o bienestar emocional, y por qué otras no lo hacen. También permite afinar las métricas con las que se evalúan los ensayos, algo especialmente sensible en un campo donde la experiencia subjetiva del paciente pesa tanto como cualquier dato de laboratorio.
El trabajo, firmado por el equipo de Monash University, no zanja el debate ni descarta la complejidad observada en los registros de EEG. Lo que hace es reencuadrarlo: bajo el aparente desorden podría haber una gramática propia, y descifrarla con herramientas de inteligencia artificial será determinante para entender cómo una sustancia que desestabiliza las redes cerebrales puede, al mismo tiempo, producir experiencias que los usuarios describen como profundamente coherentes.