Restaurar aves marinas y vegetación nativa podría salvar a los atolones

Los atolones coralinos tropicales figuran entre las formaciones terrestres más amenazadas por el calentamiento global, pero un nuevo estudio internacional sugiere que muchos conservan un mecanismo de defensa hasta ahora subestimado: ecosistemas saludables capaces de crecer al mismo ritmo que la subida del nivel del mar. La investigación, publicada en Science Advances, analizó datos ecológicos de 28 atolones de los océanos Pacífico e Índico y concluye que aves marinas, vegetación nativa y arrecifes vivos forman un ciclo que construye nueva superficie insular.

  • Aves marinas como fertilizante: el guano transporta nutrientes desde mar abierto y acelera el crecimiento del coral, la producción de sedimento y la fijación del suelo.
  • Arrecifes hasta 2,5 veces más rápidos: los arrecifes orientados al océano crecieron 2,5 veces más rápido en islas libres de ratas, y los de laguna, 1,8 veces más.
  • Comunidades en riesgo: más de 700.000 personas habitan atolones del Indo-Pacífico, hogar también de unos 31 millones de aves marinas.

Un ciclo que fabrica islas

El trabajo, liderado por Nick Graham, ecólogo marino de la Universidad de Lancaster (Reino Unido), reunió datos de atolones de las Seychelles, el archipiélago de Chagos y Tetiaroa, en la Polinesia Francesa. La lógica del sistema es circular: las aves marinas se alimentan en mar abierto y regresan a las islas para descansar, criar y anidar, depositando nutrientes en forma de excrementos que fertilizan plantas terrestres, vida marina y coral.

Ese aporte tiene consecuencias físicas medibles. Los peces loro y otros habitantes del arrecife trituran coral muerto y lo convierten en arena que reabastece las playas, mientras la vegetación nativa con redes de raíces extensas estabiliza los sedimentos. El resultado son islas que, lejos de ser plataformas pasivas condenadas a desaparecer, responden activamente a su entorno.

«Los atolones no son estáticos, son sistemas naturalmente activos que pueden cambiar y adaptarse a sus condiciones ambientales si se les permite hacerlo», afirma Graham. «Nuestros hallazgos muestran que una combinación de una población saludable de aves marinas residentes, protegida de especies invasoras como las ratas, y bosques nativos puede ayudar a los atolones a seguir el ritmo de las subidas del nivel del mar proyectadas para finales de siglo bajo un escenario de calentamiento de 2 °C.»

Ratas, cocoteros y los números del arrecife

El obstáculo no es únicamente el clima, sino siglos de alteración humana. Las ratas invasoras llegaron como polizones en barcos y arrasaron las colonias de aves; las plantaciones de cocoteros, por su parte, se estima que dominan cerca del 60 % de los bosques de los atolones del Pacífico, desplazando a especies nativas cuyas raíces fijan mejor el terreno.

La comparación entre islas con y sin roedores ofrece cifras contundentes. Los arrecifes de laguna en islas libres de ratas y con abundantes aves crecieron 1,8 veces más rápido que los de islas infestadas; los arrecifes expuestos al océano lo hicieron 2,5 veces más rápido. La producción de sedimento fue entre 2,3 y 2,8 veces mayor en los arrecifes que reciben aportes de nutrientes de las aves marinas.

«Las tasas de crecimiento de los arrecifes de laguna sin ratas y con un número saludable de aves probablemente puedan seguir el ritmo de las subidas previstas del nivel del mar hasta finales de siglo», señala Casey Benkwitt, coautora del estudio e investigadora de The Nature Conservancy. «En contraste, se prevé que los arrecifes sin poblaciones de aves marinas tengan una capacidad limitada para mantener ese ritmo.»

Restaurar antes de rendirse

De ahí que las medidas propuestas apunten a la restauración ecológica: erradicar las ratas invasoras y sustituir las plantaciones de cocoteros abandonadas por vegetación natural. «Reemplazar las viejas plantaciones de cocoteros abandonadas por vegetación natural y restaurar las poblaciones de aves marinas erradicando las ratas invasoras podría ser clave para la supervivencia de estas pequeñas islas de baja altitud», sostiene Graham.

El componente humano es inseparable del ecológico. Sebastian Steibl, investigador de la Universidad de Auckland y coautor del trabajo, recuerda que «más de 700.000 personas habitan atolones del Indo-Pacífico» y que para ellas «su patrimonio cultural, sus vínculos, sus sistemas de conocimiento local y sus medios de vida están inextricablemente ligados a los atolones que han habitado durante milenios».

Los autores no presentan la restauración como sustituto de reducir emisiones. En un comentario publicado en Science Advances, la ecóloga Hillary Young advierte de que «las reducciones rápidas de las emisiones de gases de efecto invernadero siguen siendo esenciales para la viabilidad a largo plazo de estos sistemas».

La conclusión es menos romántica de lo que parece y bastante más accionable: durante décadas, los atolones se describieron como víctimas inevitables del aumento del nivel del mar. Este trabajo sugiere que su destino depende, en parte, de decisiones de conservación tomadas en tierra —qué se planta, qué se erradica, qué arrecifes se protegen— y que esas decisiones compran tiempo hasta finales de siglo. El margen es estrecho y está condicionado por la trayectoria de emisiones, pero convertir ecosistemas degradados en aliados del crecimiento insular es una palanca que gobiernos y comunidades locales pueden activar sin esperar a nuevos acuerdos climáticos globales.

Fuentes y referencias