El Pentágono busca un tercer puerto espacial para 2030 sin saber aún dónde ubicarlo

La Fuerza Espacial de Estados Unidos se ha fijado un objetivo ambicioso: contar con un tercer puerto espacial operativo en 2030, capaz de asumir misiones de lanzamiento pesado y superpesado. La intención responde a una necesidad real, ya que las bases de Florida y California que llevan casi 70 años disparando cohetes hacia la órbita están llegando a su límite. El problema es igual de evidente: los responsables del Pentágono todavía no han decidido dónde se construirá ese complejo ni cómo se adquirirán los terrenos necesarios.

  • Objetivo 2030: la Fuerza Espacial quiere un tercer complejo de lanzamiento para aliviar la presión sobre Cabo Cañaveral y la base de Vandenberg.
  • Sin ubicación definida: el Departamento de Defensa no ha determinado dónde levantar la instalación ni cómo obtener el suelo para edificarla.
  • Inversión ya en marcha: el Congreso asignó 1.300 millones de dólares a obras en los rangos de lanzamiento hasta 2028, y la Fuerza Espacial solicita otros 2.200 millones para infraestructura.

Un estudio del Congreso encendió la señal de alarma

El primer reconocimiento público de la búsqueda llegó en mayo, cuando el secretario de la Fuerza Aérea, Troy Meink, compareció ante el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes. Allí explicó que un estudio sobre la infraestructura de lanzamiento de la Fuerza Espacial, exigido por el Congreso, había concluido que el país necesita «otro emplazamiento capaz de ofrecer capacidad de lanzamiento pesado y superpesado».

Un estudio exigido por el Congreso identificó la necesidad de «otro sitio que sea capaz de tener capacidad de lanzamiento pesado y superpesado», señaló Meink ante el Comité de Servicios Armados de la Cámara.

La conclusión del informe no es una opinión aislada. Cabo Cañaveral y Vandenberg llevan décadas absorbiendo tanto misiones comerciales como lanzamientos de seguridad nacional, y el ritmo actual de actividad ha convertido lo que era un cuello de botella operativo en un asunto de infraestructura estratégica. Para el Pentágono, la capacidad de lanzamiento se ha vuelto un activo comparable a los astilleros o las pistas de aterrizaje: algo que no puede permitirse tener saturado.

El dinero fluye más rápido que la decisión

Mientras la ubicación sigue sin resolverse, el respaldo presupuestario ya está sobre la mesa. El Congreso destinó 1.300 millones de dólares a la construcción y mejora de los rangos de lanzamiento hasta 2028, y la próxima solicitud de presupuesto de la Fuerza Espacial incluye 2.200 millones adicionales para infraestructura de lanzamiento. A ello se suma un contrato valorado en hasta 4.000 millones de dólares para modernizar las operaciones de ambas bases a lo largo de la próxima década.

Esa asimetría —recursos aprobados frente a un mapa todavía en blanco— es la que más incomoda dentro del Pentágono. Un puerto espacial no se improvisa: requiere adquisición de terrenos, evaluación ambiental, acceso a rutas marítimas o aéreas despejadas y una red de apoyo logístico que puede tardar años en madurar. La propia cúpula de la Fuerza Espacial ha calificado la meta de 2030 como aspiracional, una forma diplomática de admitir que el calendario depende de decisiones que aún no se han tomado.

Cuatro años que pesan demasiado

El calendario es, en sí mismo, el principal obstáculo. Si el objetivo se sitúa en 2030, el margen real de maniobra ronda los cuatro años, un plazo muy ajustado para un proyecto de esta envergadura. Cualquier retraso en la selección del emplazamiento se traduce automáticamente en un desplazamiento de la fecha de entrada en servicio, y con ella de la capacidad extra que la Fuerza Espacial necesita para no seguir concentrando su carga de lanzamientos en dos instalaciones históricas.

La dimensión del desafío también es geopolítica. La demanda de acceso soberano al espacio ha dejado de ser un concepto teórico para convertirse en una línea presupuestaria en varias regiones del mundo, y Washington no quiere que su infraestructura de lanzamiento se convierta en el eslabón débil de esa cadena. Un tercer puerto espacial no resolvería únicamente un problema de capacidad: también diversificaría el riesgo operativo de depender de dos bases expuestas a huracanes, incendios y a la presión urbana de su entorno.

La decisión que tome el Pentágono en los próximos meses definirá la geografía del lanzamiento estadounidense durante décadas. Elegir bien implica equilibrar órbita, logística, comunidad local y coste; elegir tarde significa que la ambición de 2030 quedará, casi con certeza, en el papel. Por ahora, el reloj corre más rápido que la burocracia.

Fuentes y referencias