El cribado de testosterona de Hegseth marcaría a uno de cada cuatro soldados

El cribado de testosterona que el Pentágono empezó a desplegar este año podría arrojar lecturas bajas en aproximadamente una de cada cuatro personas en servicio activo del Ejército de Estados Unidos, una proporción muy superior a la prevalencia real de la deficiencia hormonal. Esa es la conclusión central de un estudio publicado en JAMA, que estima que hasta el 25,7% de los militares varones en activo —unos 100.691 individuos— daría una medición matutina por debajo de los 300 nanogramos por decilitro (ng/dL), el umbral clínico más utilizado. La cifra aviva las advertencias de los especialistas sobre un programa que, según sus propios responsables, derivará en pruebas de confirmación, evaluaciones adicionales y posibles tratamientos para decenas de miles de personas que quizá nunca los necesitaron.

  • Casi 101.000 afectados potenciales: con el corte de 300 ng/dL que fija la Asociación Americana de Urología (AUA), el 25,7% de la tropa en activo quedaría por debajo del umbral.
  • La edad marca la diferencia: el 19,5% de los hombres menores de 30 años estaría por debajo del umbral, frente al 32,8% de los de 30 años o más.
  • Un resultado no es un diagnóstico: los autores subrayan que una medición baja no equivale a hipogonadismo y que el tratamiento sigue siendo voluntario.

Los números que preocupan al Pentágono

El trabajo analizó datos de 479 varones participantes en el Military Health and Nutrition Examination Study, una evaluación multisitio realizada en cinco instalaciones del Ejército entre agosto de 2024 y enero de 2026. Con ese material, los investigadores calcularon la prevalencia estimada de concentraciones bajas de testosterona usando dos umbrales habituales: 300 ng/dL y 264 ng/dL.

Con el primero, el 25,7% de la población militar masculina activa quedaría señalada. Con el segundo, más restrictivo, la proporción baja al 14,7%, lo que equivale a unos 57.788 hombres. Por grupos de edad, el 19,5% de los menores de 30 años y el 32,8% de los mayores de esa edad caerían bajo el listón de 300 ng/dL; con el umbral de 264 ng/dL, los porcentajes serían del 11,4% y del 18,6%, respectivamente. Los datos también muestran que las mediciones bajas eran más frecuentes entre los hombres de mayor edad y entre aquellos con un índice de masa corporal más elevado.

El equipo procede del Pennington Biomedical Research Center de Baton Rouge (Luisiana) y del U.S. Army Research Institute of Environmental Medicine de Natick (Massachusetts). En él participaron Stephen R. Hennigar, Steven Heymsfield, Asma S. Bukhari y Claire E. Berryman, en colaboración con Harris R. Lieberman, del instituto militar. La investigación fue financiada por el U.S. Army Medical Research and Development Command.

Entender la prevalencia de mediciones bajas de testosterona en el personal militar es importante a medida que evolucionan las prácticas de cribado. Estos hallazgos ayudan a cuantificar cuántos miembros del servicio podrían requerir pruebas de seguimiento y evaluación clínica tras un cribado inicial.

Así lo expresó Claire E. Berryman, antigua investigadora de Pennington y ahora en la Universidad de Purdue, autora de correspondencia del estudio.

Por qué los médicos desaconsejan el cribado masivo

La Sociedad de Endocrinología y la Asociación Americana de Urología se han pronunciado en contra de los cribados generalizados precisamente por las consecuencias que anticipa este análisis. El programa anunciado en julio determina que todos los militares varones mayores de 30 años se sometan a la prueba, mientras que para los menores de esa edad es voluntaria y está orientada a quienes presentan síntomas como fatiga, libido baja, estado de ánimo deprimido, dificultad de concentración o rendimiento físico reducido.

Las guías clínicas de la Agencia de Salud de Defensa, publicadas en septiembre, establecen que el personal se someterá a mediciones matutinas en dos días distintos y pasará a evaluación si queda por debajo de los 300 ng/dL. A partir de ahí, el militar puede optar por un tratamiento con inyecciones una o dos veces por semana, una medicación oral diaria o un gel. Nada de ello es obligatorio. El problema, advierten los autores, es que las inyecciones y terapias prolongadas tienen efectos adversos serios: cambios de humor, irritabilidad y agresividad, coágulos sanguíneos y recuentos espermáticos bajos que pueden provocar infertilidad.

Un resultado positivo de cribado requiere interpretación clínica y normalmente conlleva repetir la prueba, realizar más evaluaciones, asesorar sobre factores modificables y considerar un tratamiento si está indicado. Dado que la terapia de reemplazo de testosterona es de largo plazo y tiene posibles efectos adversos, distinguir un valor aislado bajo de un hipogonadismo clínicamente significativo es esencial.

El contraste con la realidad diagnóstica es enorme. Un estudio del año pasado sobre militares varones en activo encontró que solo el 0,43% —12.112 de más de 2,8 millones de miembros del servicio— tenía un diagnóstico de hipogonadismo, y las tasas más altas correspondían a los rangos más senior, sobre todo oficiales generales y suboficiales superiores.

Un mercado de 4.500 millones y un factor ambiental

El interés del Departamento de Defensa por la testosterona llega en plena expansión de una industria valorada en 4.500 millones de dólares, que presenta la hormona como un suplemento capaz de mejorar el rendimiento físico, el deseo sexual, la concentración y la energía juvenil. La evidencia es más matizada: los estudios de los Institutos Nacionales de Salud realizados en 2018 con 800 hombres mayores mostraron mejoras en la disfunción eréctil, la libido y el estado de ánimo, pero poca o ninguna mejora en fatiga, memoria o bienestar general.

En el caso militar hay además factores específicos. La exposición a plomo, el combate, las lesiones físicas, la falta de sueño y los problemas de salud mental pueden contribuir a niveles bajos de testosterona, recuerdan los investigadores. La propia naturaleza de esas mediciones complica la interpretación: concentraciones que varían según la hora, la obesidad o el estrés físico, junto a diferencias entre laboratorios cerca de los límites clínicos. «Esta distinción es particularmente importante al interpretar estimaciones de cribado a escala poblacional», escribieron los autores.

Pennington Biomedical colabora con orgullo con el Ejército estadounidense desde hace más de 30 años para impulsar investigaciones que apoyan la salud, el rendimiento y la preparación de los miembros del servicio. Esta investigación aporta evidencia valiosa para orientar la vigilancia sanitaria y apoyar el bienestar de quienes sirven a nuestro país.

Quien lo afirmó es Jennifer Rood, vicecanciller sénior y directora ejecutiva de Pennington Biomedical, una de las voces que respaldan el valor del estudio.

El caso deja una lección que trasciende lo sanitario: cuando una política pública convierte un análisis de laboratorio en una puerta de entrada masiva al sistema médico, el coste no se mide solo en dinero, sino en pruebas innecesarias, diagnósticos imprecisos y tratamientos de largo plazo con efectos secundarios reales. La cifra de 100.691 militares potencialmente señalados funcionará como test de estrés para la sanidad militar, y también como recordatorio de que un número fuera de rango es el comienzo de una pregunta clínica, nunca su respuesta.

Fuentes y referencias