Una glaciación estaba en marcha en el Ártico: el CO₂ la detuvo en 1960

Durante casi dos milenios, un resto del hielo que alguna vez cubrió Canadá dejó de retroceder y volvió a avanzar. Lo hacía despacio, al ritmo de una tendencia natural de enfriamiento, y ese avance era, según un nuevo estudio, el primer capítulo de la siguiente glaciación. El proceso se interrumpió de forma abrupta hacia 1960, cuando el calentamiento de origen humano se impuso sobre el ciclo natural. La evidencia aparece publicada en la revista Science y procede de las plantas que quedaron sepultadas bajo el casquete de hielo Barnes, en la isla de Baffin (Nunavut, Canadá).

  • Mínimo histórico: el hielo se retiró detrás de su posición actual hace unos 3.600 años y permaneció reducido durante siglos, sin desaparecer nunca del todo.
  • Giro hace 2.000 años: el descenso de la línea de nieve permitió al casquete crecer de nuevo, con pulsos que coinciden con las fases frías del clima.
  • Freno en 1960: el aumento de temperaturas por gases de efecto invernadero invirtió una expansión de casi veinte siglos.

El último fragmento del manto Laurentide

El manto de hielo Laurentide cubrió buena parte de Canadá y el norte de Estados Unidos entre hace unos 95.000 y 20.000 años. En su apogeo se extendía desde el norte del círculo polar ártico hasta Illinois, con espesores superiores a los 3 kilómetros en algunos puntos, y retenía el equivalente a unos 80 metros del nivel del mar. Se fundió a medida que el clima se calentó, pero nunca desapareció por completo. Su último vestigio es el casquete Barnes, una cúpula de unos 5.900 kilómetros cuadrados —comparable al tamaño de Delaware— situada en la meseta central de Baffin.

Su particularidad es la altitud: la mayor parte de los casquetes del Ártico canadiense descansan sobre terrenos elevados, mientras que Barnes se asienta a solo unos 500 metros sobre el nivel del mar y depende de su propio grosor para alcanzar la línea de nieve. Esa circunstancia explica tanto su supervivencia como su sensibilidad extrema a cualquier cambio de temperatura. Nicolás Young, geólogo del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia y autor principal del trabajo, lo resume así: «Barnes es la última pieza que queda de uno de los domos del manto de hielo Laurentide».

Un calendario enterrado en el hielo

El casquete Barnes está congelado directamente al lecho rocoso y, a diferencia de la mayoría de los glaciares, no se desliza. Cuando avanza no arrasa el terreno: lo cubre. Así, la vegetación que creció mientras el hielo era pequeño quedó sellada casi intacta, y desde que el borde empezó a retroceder en torno a 1960 esos restos vuelven a la luz. El equipo dató por carbono-14 88 muestras de plantas recogidas a lo largo de un transecto de 800 metros, desde el límite actual del hielo hasta la línea que marca su máxima extensión moderna. Las muestras más antiguas datan de alrededor del año 1000, y cerca del 70 % de los ejemplares murió hacia 1800, con un margen de 200 años, en plena fase más fría de la Pequeña Edad de Hielo.

Para reconstruir etapas anteriores, los investigadores recurrieron al berilio-10, un isótopo que se forma cuando los rayos cósmicos golpean los minerales de las rocas expuestas. Las superficies rocosas y los bloques transportados por el hielo indican que el casquete se replegó detrás de su huella actual hace unos 3.600 años. El análisis de 186 muestras vegetales bajo otros casquetes menores de la meseta, ninguna anterior al inicio de la era común, confirmó que la línea de nieve descendió lo suficiente para generar hielo permanente hace unos 2.000 años. En el equipo participan también Joerg Schaefer y nueve coautores, entre ellos Gifford Miller, de la Universidad de Colorado Boulder, que lleva cuatro décadas viajando cada verano a Baffin para estudiar estas plantas.

«Todo estaba en marcha, era algo normal, la siguiente glaciación estaba a punto de ocurrir y, sin embargo, se detuvo. Es un ejemplo muy contundente de cómo hemos sacudido el sistema», señala Nicolás Young.

De la alarma de los setenta al registro geológico

Los hallazgos aportan además un contexto inesperado a las predicciones de enfriamiento global que algunos científicos defendieron en la década de 1970, cuando se debatía el peso relativo de la variabilidad natural, los aerosoles atmosféricos y el aumento de los gases de efecto invernadero. «De hecho, estaba ocurriendo. No podían demostrarlo del todo, pero ahora tenemos la evidencia», afirma Young. El estudio, no obstante, no establece que una glaciación continental completa fuera inminente en aquellos años: lo que documenta es una fase inicial de expansión que el calentamiento moderno interrumpió.

Conviene recordar que la Tierra sigue técnicamente dentro de una edad de hielo, con alternancia de periodos glaciales e interglaciares, y que en los últimos dos mil millones de años se han registrado al menos cinco grandes edades de hielo. El trabajo, titulado «Climate Change Stopped the Next Ice Age» y publicado el 22 de octubre de 2026, reinterpreta ese marco: la expansión de masas de hielo ya existentes podría considerarse el prólogo de una glaciación, mucho antes de que se formen grandes mantos continentales.

La consecuencia más incómoda es metodológica. Si el registro que permitía reconstruir los ciclos glaciales dependía de un casquete que hoy se está fundiendo, la capacidad de anticipar cómo se comportará el clima a escalas de miles de años se debilita justo cuando más se necesita. El caso Barnes demuestra que los archivos naturales pueden borrarse antes de que terminemos de leerlos.

Fuentes y referencias