La mayor parte del tráfico mundial de internet sigue viajando por cables de fibra óptica tendidos en el fondo del océano, y ese entramado invisible afronta riesgos crecientes de sabotaje. Aunque servicios como Starlink han ampliado las alternativas de conectividad por satélite, la columna vertebral del tráfico global continúa siendo submarina: un sinfín de cables que cruzan los océanos y que comparten corredores con oleoductos, gasoductos y cables eléctricos submarinos. El nuevo contexto —guerra de zona gris y conflictos abiertos cada vez más extendidos— ha convertido esa convivencia en un asunto de seguridad internacional.
Estas son las claves del fenómeno:
- El satélite no sustituye al cable: pese al crecimiento de Starlink y de otros servicios de comunicaciones satelitales, el grueso del tráfico de internet depende todavía de la fibra óptica sumergida.
- Infraestructuras que comparten camino: los cables de datos discurren junto a gasoductos, oleoductos y cables de energía, de modo que un mismo incidente puede golpear varios sistemas a la vez.
- Un volumen de daños constante: cada año resultan dañados entre 150 y 200 cables en todo el mundo, y la mayoría se repara con rapidez.
Una advertencia desde el Atlantic Council
Quien mejor ha documentado este escenario es Elisabeth Braw, investigadora sénior del Atlantic Council y responsable de la iniciativa Threats to the Global Maritime Order. Su nuevo libro, Undersea War, analiza el aumento de incidentes sospechosos en los que buques que arrastran sus anclas durante periodos inusualmente largos han cortado o dañado cables y tuberías submarinas, desde el mar Báltico hasta el océano Pacífico.
El patrón resulta llamativo precisamente por su ambigüedad: un ancla que se arrastra puede describirse como un accidente de navegación, pero la duración anómala de la maniobra apunta a algo distinto. Esa zona gris —por debajo del umbral del conflicto armado declarado, pero con efectos materiales sobre infraestructuras críticas— es la que inquieta a los analistas, porque obliga a atribuir intenciones antes de poder responder.
Entre el accidente, la naturaleza y la intención
Braw evita, sin embargo, el alarmismo. Su propio análisis reconoce que la mayor parte de los daños no procede de operaciones deliberadas:
Alrededor del 60 % de los daños en cables submarinos se debe principalmente a errores humanos durante actividades pesqueras y de navegación, cuando las redes lastradas o las anclas arrastran por el fondo marino. A ello se suman fenómenos naturales como tormentas y deslizamientos submarinos, responsables de una proporción menor de los incidentes. En total, entre 150 y 200 cables resultan dañados cada año y suelen repararse con rapidez.
La dificultad está en separar esa rutina del accidente del incidente intencionado. La combinación de un tráfico marítimo densísimo, de infraestructuras críticas concentradas en corredores estrechos y de actores dispuestos a operar en la ambigüedad genera un entorno donde la atribución es lenta y costosa. Y cuando la atribución falla, la disuasión pierde fuerza.
Qué está realmente en juego
Ninguna constelación satelital puede absorber hoy el volumen total de datos que mueve la economía digital, y menos aún hacerlo con el mismo rendimiento en todos los tramos. Eso deja a los cables submarinos en una posición delicada: un corte en un corredor congestionado no solo interrumpe conexiones, también arrastra a operadores, mercados y servicios que dependen de rutas concretas. La reparación, además, exige medios especializados y tiempo, de modo que cada incidente se traduce en horas de servicio degradado.
El valor de trabajos como Undersea War no está en predecir un apagón global, sino en recordar que la infraestructura que sostiene internet es física, localizable y, por tanto, atacable. La discusión que viene no girará tanto en torno a la tecnología de los cables como a la capacidad de vigilancia, reparación y respuesta que los países sean capaces de coordinar en un escenario donde el sabotaje se confunde deliberadamente con el accidente. Mientras el tráfico siga fluyendo por el fondo del mar, la seguridad de la red dependerá tanto de la ingeniería como de la geopolítica.